¿Cuál es tu motor, el miedo o el amor?

¿Cuál es tu motor, el miedo o el amor?
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Básicamente cada una de nuestras acciones y decisiones tienen como estímulo el miedo o el amor, el poder distinguir qué es lo que nos mueve, nos puede hablar de qué tipo de relaciones estoy fomentando y si estoy o no en conexión con lo que me hace sentir bien.

Tener que armar una estrategia, hacer algo para que no nos dejen, nos valoren, nos tomen en consideración, el no poder actuar de forma espontánea, sino mostrar una fachada que no necesariamente coincide con lo que en realidad somos o sentimos, es una posición forzada.

No nos permitimos ser nosotros mismos

El miedo nos hace sentir que no somos suficientemente capaces, amables, inteligentes, atractivos, como para merecer ciertas cosas de la vida. Con cosas de la vida nos referimos a cualquier elemento que queremos tener en nuestras vidas y que sentimos que su presencia es necesaria para nuestra felicidad.

Como tenemos una serie de ideas preconcebidas en relación a la felicidad y la consideramos una de las metas máximas, cuando en realidad raras veces logramos reconocerla cuando la vivimos, nos resulta aterrador el perder cualquier elemento que sintamos necesario para que ella esté presente.

Sin embargo, el actuar, el pretender, el forzar las cosas, que normalmente son las acciones que caracterizan nuestros pasos dados fundamentados en el miedo, nos aleja automáticamente de la felicidad. Incluso si a través de lo que hacemos logramos retener, conquistar o acercarnos a nuestra meta.

Hacer las cosas por amor

Cuando el motor es el amor, las cosas son diferentes. Dejamos de actuar para conseguir algo a cambio, somos espontáneos. Damos y nos entregamos porque queremos, porque nos nace, porque nos entregamos. Puede ser que las cosas resulten bien, como puede que no, pero lo que sí no deja espacio para la duda es que disfrutamos de lo que hacemos, de lo que damos. Nos satisface ver una sonrisa en el rosto de quien amamos, sin preguntarnos si fue suficiente para recibir algo a cambio.

Desde pequeños nos acostumbran a ser de determinada manera para ser merecedores de atención o de afecto y todas las condicionantes las arrastramos como patrones de conducta. No pensamos que siendo tal cual somos, que haciendo básicamente lo que queremos hacer vamos a ser dignos de amor o de atención… Y luego procuramos encajar, dar lo que se nos pide, dar lo que se espera de nosotros, para llenar expectativas y ganarnos ese amor que creemos que no nos pertenece por derecho.

Cuando éramos pequeños nos felicitaban pos obtener buenas calificaciones o haber recibido algún reconocimiento en la escuela en la parte académica o deportiva. Sentíamos quizás que si nos portábamos bien, o al menos como nuestros padres o maestros querían o esperaban, éramos más queridos, consentidos o atendidos. El afecto estaba condicionado.

El efecto del miedo como motor

Y así crecimos y nos acostumbramos a hacer lo que otros esperan para ganarnos el afecto, la atención y la consideración. Fuimos dejando de lado lo que hubiésemos escogido, tratando de ser “buenos”, de acuerdo a una serie de patrones y olvidándonos quizás de ser felices.

Romper la creencia de que si somos nosotros mismos, no perderemos lo que nos importa, nos cuesta. Obviamente hablando dentro de los parámetros normales, en donde preservamos afectos y cuidamos lo que nos importa, pero procurando soltar el miedo a ser nosotros mismos por no complacer a los demás.

Todos somos perfectos y merecedores de amor tal y como somos, no importa cómo nos hayamos acostumbrado a actuar, cuando soltamos el control y dejamos de preocuparnos por retener, comenzamos a vivir, a darle paso a lo real y nuestra vida se llena de genuinidad, de personas que nos aman por lo que somos, con nuestras luces y sombras y los miedos cada vez pierden más fuerza, hasta que no nos dominan, hasta que somos nosotros a pesar de ellos.

Por: Reencontrarte.com


Sara Espejo