El poder destructivo de la palabra negativa

El poder destructivo de la palabra negativa
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Muchos de nosotros hablamos de manera inconsciente, sin prestar mayor atención a lo que sale por nuestras bocas o los efectos que pueden generar nuestras palabras. Lo que decimos, la palabra, tiene un efecto constructivo o destructivo dependiendo de su contenido e incluso de la entonación y el lenguaje no verbal que se aplique. Todo forma parte de un todo que edifica o derrumba a su paso.

A quienes se acostumbran a rociar su vida y la de los demás con su verbo destructivo, sin darse cuenta de que su manera de hablar los define y determina lo que ellos llevan dentro.

Nadie puede ver la belleza que no lleva dentro, nadie puede dar lo que no tiene. Es por ello que cuando una persona venga a dirigirnos sus palabras negativas, no debemos ser vulnerables a sus efectos y nos hará bien procurar ignorarlas, entendiendo que el problema no es nuestro, ni siquiera de esa persona con nosotros, sino de esa persona con sí misma.

Una palabra negativa puede tener alguno de estos efectos, aun cuando no sea la intención:
  • Herir o desacreditar a quien la recibe.
  • Menospreciar las acciones o esfuerzos de los demás.
  • Burlarse y ridiculizar a alguien.
  • Traicionar a alguien.
  • Romper sueños o ilusiones.
  • Demostrar dominio o poder.
  • Generar miedo en el otro.
  • Bajar los ánimos o desgastar a quien la escucha.

Palabra

En todo caso un habla negativa solo va a contribuir con el malestar, incluso cuando estén asociadas a alguien ausente y hay un consenso de opiniones. Porque el hablar mal de alguien nunca nos conecta con el bienestar, nunca nos hace sentir emociones gratificantes, por el contrario, podemos sentir rabia, celos, tristeza, decepción, envidia… Lo cual siempre nos llevará a menos y nos restará energía vital.

¿En qué nos enfocamos?

Nuestro enfoque debe estar siempre hacia el lado amable y positivo de las cosas, de las personas, debemos desarrollar la empatía. Suena trillado, pero procurar ver el mundo a través de la realidad del otro, ponernos en sus zapatos, nos puede hacer cambiar radicalmente de opinión con respecto a esa persona y aquello que representaba un juicio en nuestra mente, se puede convertir en comprensión, en compasión y hasta en solidaridad.

Cuando nos acostumbramos a ver el lado positivo a las cosas, es complicado que nuestra lengua se desligue de lo que predomina en nuestras mentes y aflore su parte más oscura a través de un verbo destructivo. Adiestrarnos y practicar ver en el mundo lo mejor, nos va a colocar en una posición de ventaja y lo queramos o no nuestra realidad va a cambiar.

Resulta suficiente el hecho de que cambiemos nuestra manera de dirigirnos a alguien, para observar cambios en esa interacción personal, para ver mejoras, para fortalecer vínculos o limar asperezas. Pero aun cuando nosotros tengamos intenciones de mejorar alguna relación, comenzando por el trato, si en éste no predomina la amabilidad, la cordialidad, la manera asertiva y oportuna de comunicarnos, no llegaremos muy lejos con nuestras intenciones.

Muchas veces lastimamos a quienes más amamos con nuestras palabras y luego no encontraos la manera de recoger lo que dijimos, porque una palabra pronunciada es como un vaso de agua derramado, imposible de recoger. Es por ello que debemos aprender a ser impecables con nuestras palabras, por más que tengamos el instinto de responder de determinada manera, recordemos el vínculo, aprendamos a identificar qué está detrás de esas palabras y busquemos las mejores maneras de decir lo que sea necesario o reservemos lo que estaría de más.

Pensar antes de pronunciar una palabra

El pensar antes de hablar es una san práctica, el entender qué aporte dará a la situación nuestras palabras, nos ahorra muchos conflictos y  no se trata de que nos quedemos con las cosas atragantadas, sino que nos demos cuenta de que hay muchas maneras de expresar lo mismo, pero sin necesidad de generar heridas o estragos en los demás y hasta en nosotros.

Normalmente esas palabras con las que herimos nos rebotan y también nos hieren. Es raro que nos sintamos orgullosos de haber causado algún daño a través de nuestro verbo, si estamos medianamente sanos a nivel mental. No solo seremos partícipes de una interacción insana, sino que nos iremos cargando en la espalda las palabras que dijimos y las que nos dijeron, sin importar quién haya comenzado la dinámica, el hacernos parte, solo empeorará la situación.

La queja y el lamento son formas de expresarnos que tampoco nos favorecen, nos hablan del enfoque que tenemos de la vida y de lo malagradecidos que podemos llegar a ser.

Acostumbrémonos a hablar de manera constructiva, que cada persona que se acerque a nosotros se retire con una buena impresión de nuestra palabra, con algo de calma, con ánimos, con esperanza, con la sensación de importarnos, con una solución que considerar… Ésas son las palabras que construyen que suman a la vida de quien las dice y de quien las escucha.

Todo es cuestión de cultivar los hábitos y cuando comencemos a pensar mejor, hablaremos mejor e inevitablemente, nuestra vida será mejor.

 “Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino.” – Mahatma Gandhi

Por: Sara Espejo – Reencontrate.com


Sara Espejo

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