He dejado de dar explicaciones a quien entiende lo que quiere entender

He dejado de dar explicaciones a quien entiende lo que quiere entender

Cuando comienzas a elevar tu autoestima, y a quererte y respetarte de manera veraz, te vas a percatar de lo inútil que resulta ir por la vida tratando de dar explicaciones sobre cada paso que das. No es necesario justificar tu comportamiento ni tus acciones, y ésto es un gran descubrimiento!

Al entregar toda tu energía en tratar de explicar tus decisiones y acciones, terminas desgastado. A veces, esas explicaciones son un intento honesto de conectar con otra persona o de hacerse notar más, pero en realidad son el resultado de un cúmulo de dudas internas y el deseo de caerle bien a la gente.

Por ejemplo, sentir la obligación de decir que sí a cualquier invitación o solicitud, suele desgastarnos. A veces puede que si quieras aceptar, y otras no. pero la cosa se pone difícil cuando lo que prefieres hacer no tiene importancia, y tus decisiones se basan en “lo correcto o el deber ser”.

Querer pasar una noche tranquila en casa no parece una razón válida para rechazar una invitación a salir, por lo que solemos dar miles de excusas y disculpas… estoy exhausta, me siento un poco enferma, tengo mucho que hacer al día siguiente, etc, etc, etc…

Para decir que no, debes demostrar que tienes gran cantidad de circunstancias importantes e ineludibles que se interponen.

Cuándo, cómo y por qué decidir dar explicaciones a los demás:

En cierta ocasión, un amigo había decidido dejar de dirigir un grupo en el que se desempeñaba como orientador, así que debía informar a los jefes inmediatos sobre la decisión tomada, ya que tendrían que encontrar un sustituto. En realidad no tenía que explicar por qué se iba, no era necesario, pero su afán de quedar bien lo llevó a dar tantas explicaciones que comenzó a sonar inseguro en la decisión que había tomado.

El sentía que era necesario ofrecer una explicación honesta de por qué se iba, pero al mismo tiempo estaba manejando un sentimiento de culpa inconsciente al saber que iba a dejar una estela de inconformidades, decepciones, y sentimientos encontrados. Se trata de decir lo que realmente se piensa y siente, sin importar el tipo de imagen que la otra persona se crea en su mente con respecto a él.

¿Ofrecer o no una explicación?

Podemos estar motivados a excusarnos por el miedo, la culpa o la duda, pero debemos honrarnos a nosotros mismos y a los demás, evitando dar explicaciones inútilmente.

No hay una respuesta directa a la pregunta de cuánto explicar y cuándo, y aunque puede haber algo de verdad en la idea de que no le debemos a nadie una explicación, aún quedan muchas situaciones en las que explicar es la opción correcta para nosotros.

Ser más consciente de las razones que hay detrás de cada deseo de explicar, ayuda a tomar mejores decisiones sobre cuánto compartir. Aquí te dejo algunas razones para analizar:

1) Estamos tratando de controlar la respuesta de la otra persona.

Es incómodo estar cerca de alguien que está enojado, herido o decepcionado. Si le damos a alguien información que tememos que no le guste, es tentador acumular explicaciones. Creemos que si podemos dar una razón convincente para nuestra elección, podemos asegurarnos de que la otra persona vea las cosas a nuestro modo.

Por ejemplo: Si tenemos una buena excusa para rechazar su invitación, entonces tal vez no se lo tomen como algo personal y se sienta lastimada. Si tenemos suficientes razones sólidas para nuestra elección, tal vez no se enojen porque no hayamos seguido sus consejos. Tal vez si podemos hacerles entender, entonces todavía les seguiremos gustando… ¿entiendes?

2) Estamos tratando de aliviar nuestro propio sentimiento de culpa.

Cuando nos sentimos culpables por nuestra decisión, a menudo recurrimos a explicaciones y excusas para convencer a la otra persona y a nosotros mismos de que tenemos una muy buena razón para elegir la forma en que lo hicimos. Sin darnos cuenta, creemos que los deseos, necesidades y sentimientos de otras personas son más importantes que los nuestros. Creemos que decir no o rechazar una invitación es egoísta o grosero.

Pensamos que para ser amables, generosos y agradables tenemos que ser infaliblemente agradables y complacientes.

3) Nos sentimos inseguros acerca de nuestras propias decisiones y queremos que la otra persona valide nuestra decisión.

No importa lo que decidamos, es probable que haya alguien que no esté de acuerdo con nuestra decisión. No importa si la elección está relacionada con la carrera, la educación, la crianza de los hijos, el vestuario, el material de lectura, los artículos de limpieza, la dieta o el color de la pintura. Aunque no se siente bien que la gente no esté de acuerdo con nosotros, estamos menos impactados por su opinión si estamos seguros de nuestras propias decisiones.

Por otro lado, si no estamos seguros de nuestra decisión, a menudo buscamos la tranquilidad de los demás. Nos sobreexplicamos con la esperanza de que la otra persona entienda y acepte nuestro punto de vista. A menudo, no se trata realmente de que la otra persona cambie de opinión, sino de que necesitamos la aprobación externa para nuestras propias decisiones.

4) Queremos fomentar una conexión más cercana y abierta con la otra persona.

A veces elegimos compartir honestamente lo que está sucediendo con las personas que más nos importan. Nos tomamos el tiempo para ser claros sobre nuestras razones e intenciones con el fin de aumentar la profundidad y autenticidad de nuestra relación.

En este caso, no estamos tan preocupados por hacer que alguien vea las cosas a nuestra manera. Confiamos en que nos apoyen, estén o no de acuerdo con nuestra decisión. Nuestra explicación no es una forma de persuasión o manipulación, sino un signo de respeto y una oportunidad para que la otra persona nos conozca mejor.

5) Nos hemos estado escondiendo.

Algunos de nosotros tenemos el hábito de permanecer en silencio para no perturbar la buena opinión que los demás tienen de nosotros. Si nos quedamos callados, otros a menudo llenarán los espacios en blanco sobre quiénes somos con su idea de quiénes creen que deberíamos ser. Puede sentirse más seguro hacerles creer que nos conocen; puede que no les caigamos bien si compartimos más de lo que realmente somos.

Pero hay veces en que la división entre quiénes somos y cómo nos ven los demás se vuelve demasiado grande y ya no nos contentamos con permanecer ocultos. Podemos estar cansados de sentirnos desconectados e invisibles o de querer practicar más visibilidad e integridad.

A medida que tomamos pasos hacia una mayor visibilidad, la gente puede retroceder en contra del cambio. Podríamos intentar explicarlo por una de las razones mencionadas anteriormente, para asegurarnos de que lo entiendan y sigan siendo como nosotros. Podríamos, en cambio, decidir ser abiertos y honestos sobre quiénes somos y dónde estamos, si alguien más entiende o no.

Entonces, ¿cómo sabemos cuándo y cuánto dar explicaciones? Cada situación es diferente y no siempre hay una respuesta correcta. Mirar más de cerca las razones detrás de mi impulso de explicar es clave, pero identificar nuestras verdaderas intenciones puede ser un verdadero desafío.


Loubna

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